La Sierra

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La sierra

La sierra resistE

palabras por: Lucía González-Marín

fotos por: Lucrecia Lucrecia-Elmer Arrieta-Julian Araya-Luis Esguerra

 

> Hay sonidos que siempre están de fondo cuando estás en La Sierra, vereda del municipio Córdoba-tetón en el departamento de Bolívar. Están los grillos todo el día, las aves trinando- tantas que siempre se escuchan cantos distintos-, burros rebuznando cada tanto, perros ladrando cuando alguien pasa a deshoras por las calles destapadas o cuando es hora de comer y toca defender la comida que hay disponible. Escuchas también las gallinas cacareando y los marranos hozando entre la comida y los pantanos que se forman en algunas zonas del pueblo cuando llueve en las noches. Cuando cae la tarde, además de grillos, se escuchan las palmadas arrítmicas de las personas que, reunidas en un círculo frente a una de las casas que ahora tiene pintado un pájaro en todo su frente que se une con la palabra volar; hablan de sus vidas, de sus procesos y expectativas a la vez que se defienden de los mosquitos alborotados a esta hora. Antes de continuar prenden una fogata cerca para ahuyentar con el humo a los mosquitos, las palmadas se vuelven más esporádicas y ahora solo quedan el sonido de los grillos y las historias, las voces de las gentes.

Se encuentran dos mundos y dos historias al frente de la casa del pájaro, entre el humo y el sonido de los grillos. Están las expectativas de progreso de las familias del pueblo, las intenciones de salir adelante, de ofrecerles a sus hijos un mejor futuro, de tener más oportunidades, ellos y sus hijos, como aquellas que las familias de las ciudades tienen. También está el desencanto de esa promesa de desarrollo y progreso, la desconfianza, la inseguridad, el aislamiento que puede suponer vivir en una ciudad aún si está repleta de muchas personas, las distancias enormes que hay que recorrer todos los días, el afán de todo el mundo, las casas diminutas y sin patio en las que toca vivir, el aire que se respira, todo lo que se añora y se reconoce como un tesoro de las familias del pueblo: la tierra, el monte, los animales, las plantas que crecen, su gente.

 
Sí, al final hay cosas por mejorar, cosas por hacer en zonas rurales como La Sierra, como mejorar las vías de acceso o que haya un puesto de salud; pero algo quedó claro en ese círculo de gente que iba creciendo a medida que iba pasando el tiempo y el humo se extendía: la solución no es irse, sino construir, cada uno con el otro, entre todos, nosotros; “ni a irse, ni a quedarse, a resistir”.
 

Fueron cuatro días en La Sierra y todas las imágenes, en fotos y en recuerdos, de ese tiempo tienen a varias personas trabajando en los muros de las casas del pueblo, personas de la comunidad de La Sierra y personas que llegaron desde Libertad (Sucre), Cartagena y El Carmen (Bolívar), Bogotá, Medellín (Antioquia) y Manizales (Caldas). Siempre más de uno, mujeres y hombres de todas las edades, niños, niñas, jóvenes, adultos, abuelitos, todos pintados y pintando muros o cartulinas. Y no solo pintando, usted se encontraba por el pueblo, personas en grupo, pelando zanahoria mientras cocinan, intercambiando recetas, jugando a la ronda, haciendo aretes, cuadernos, herbarios o animales en plastilina, montando patineta, jugando frisbi, bailando, tocando música, usando disfraces, haciendo malabares, intercambiando semillas, sembrando, improvisando y declamando poesía, haciendo mapas, hablando sobre las diversas formas de ser mujer y de ser hombre, escribiendo cuentos o simplemente riendo, compartiendo.

De eso se trata cada vez que un espacio como este se logra, de compartir experiencias pasadas y crear nuevas, de aprender del otro, de encontrarnos, vernos y reconocernos como parte de una misma comunidad, no porque habitemos el mismo espacio- todos los que nos reunimos vivimos en distintos lugares, unos en zonas rurales y otros en zonas urbanas-; sino porque hay un propósito en común: querer movilizarse, querer hacer algo y dejar de esperar a que alguien más las haga por nosotros, de aprender conociendo y haciendo con el otro.



 
 

Nos dimos cuenta en La Sierra que compartir con amor y de manera sincera también ayuda en el proceso de sanación de las heridas que han dejado los momentos violentos que los habitantes de La Sierra han tenido que vivir. En el 2000 la comunidad de la vereda se desplazó por la violencia de la zona y algunos de ellos retornaron a sus tierras hace unos años. “Lo que a uno le pasa no se borra así no más […] uno lo tiene porque uno no habla con nadie, entonces usted lo tiene ahí… ustedes me hacen bien… que ustedes me pregunten, ya uno se va como desahogando”, dice uno de los habitantes de la vereda. Sí, compartir y amar nos ayuda a sanar, a ellos y a nosotros, “de a poquitos”, como dice Daniel.

Aún después de haber salido de La Sierra, el espacio se mantiene, las pinturas y los materiales se quedaron allá, los habitantes también, con su energía y sus sonrisas. El día que salimos de La Sierra, recibimos llamadas preguntándonos si habíamos llegado bien. Seguimos en contacto, los lazos continúan, el cariño se siente de muchas formas incluso si hay distancia de por medio. Nos han contado que siguieron pintando, que están pintando ellos mismos sus casas con las palabras aventura y amor. “Nuestro pensamiento sigue con Ustedes así nos vayamos”, le dijo Julián a Geivis, habitante del pueblo. Así ha sido y sigue siendo y nuestro pensamiento nos volverá a reunir para seguir trabajando juntos, aún desde lugares distintos.

 
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