Testimonios Velados_ Tania del Pilar

La responsabilidad de la nación colombiana, luego de casi seis décadas de conflicto armado, estriba en la observancia de las experiencias de sus víctimas para su comprensión en favor de un proyecto de país que contemple, con especial dedicación, la recuperación colectiva de la identidad y el aporte de la violencia en su expresión cotidiana, y así buscar su depuración. Son necesarios los espacios de liberación, diálogo y de retroalimentación no sólo para acompañar en la sanación de la población colombiana que enfrentó los vejámenes del conflicto armado, sino también –y  como consecuencia- despertar en el resto de la sociedad aparentemente no afectada el genuino compromiso por digerir los alcances de este periodo en nuestra historia y así caminar con certeza hacia un proyecto de país incluyente, consciente: humanizado. Es una apuesta desde y para la sociedad civil; una obligación ética que debe establecerse, ahora que ha iniciado esta nueva etapa, esperanzadora y llena de oportunidades, como lo es el posconflicto.

Me he contactado con dos víctimas cercanas del conflicto armado en latitudes y desde contextos económicos diferentes. Sólo conservan una posición en común: si accedieron a esta entrevista, a contar sus experiencias, es con el firme propósito de demostrar ese rostro resiliente y esperanzado en la vida, la auténtica certeza de que sus historias se convertirán en situaciones que la humanidad, o al menos el territorio colombiano repudiará y buscará no repetir. Por la envergadura de sus historias, se reservan su nombre y cualquier forma de identificación.

Para algunos el conflicto armado en Colombia es una huella histórica, simplemente. En otros casos, ha partido en dos la historia del tránsito por la vida, como es tu caso. Relátanos el hecho que marcaría tu vida, y qué le agradeces a este suceso.

2.

Soy de un pueblo de difícil acceso en el sur de Bolívar*. Aquí todos saben lo que fueron los Montes de María, nunca tuve roce alguno con los guerrilleros, los paramilitares y militares que bajaban a hacer sus compras y a tomar en el pueblo.

Para mí todos eran iguales; todos creían que la metralleta y su uniforme les daban licencia para librarse de pagar lo que pedían en la abarrotería, pero más de ahí no pasaba mi trato con ellos. De todas maneras, y con dos adolescentes y una niña, y escuchar las historias que ocurrían en los demás pueblos me hizo pensar en irme de allí con los muchachos. Sus papás no estaban, y a la  mayor ya comenzaban a mirármele las piernas los soldados.

Yo no quería que ella se enamorara de alguno y se la llevaran para el monte, tampoco quería esa suerte para el niño. Mi marido de ese entonces, con el que todavía convivo, vivía en Cartagena.

Yo viajaba a verlo y me llevaba a la menor, para no dejarla sola. Yo tenía alguna plata reunida, la tierra era sana y daba. Decidí dejar el negocio y comprar una casa sencilla. Mandé a mis hijos primero mientras yo vendía el resto de las cosas y dejaba arreglado lo de mis tierras en el pueblo. Yo sabía que era un riesgo todo esto, eran años complicados pero no me arrepiento.

Mis hijos crecieron en la ciudad siendo pueblerinos. No volvimos por mucho tiempo al pueblo, y a mis hijos les dio muy duro los primeros años viviendo en Cartagena, pero salieron adelante y sin sufrimientos. Cuando la menor comenzó a responder mal con los estudios y yo la puse en cintura, me dijo que yo no la podía entender, que ni siquiera había terminado el colegio. Eso me motivó a culminar mis estudios y hasta me gradué con mejores notas que ella.

Creo que le di muy buen ejemplo. Siempre extraño el pueblo, pero quise evitar. Soy desplazada por la violencia, pero me ahorré sufrirla en carne propia. Fue muy duro los primeros años pero valió la pena.

Yo quise abandonar el pueblo para evitar, y siempre supe que, en algún momento, lo abandonaría, pero conozco muchos de mis compadres que no sobrevivirían a la vida en esta ciudad. Todo es diferente aquí; el trato, la ropa, el mercado.

Yo me adapté porque hace parte de mi personalidad, y creo que ha servido para cambiar el rumbo de mis hijos a su favor. Creo que sólo el estar en peligro la tranquilidad hace que valga la pena cualquier medida que el gobierno elija para solucionarlo.

 

 

 

 

 

1. 

Mi nombre es Armando*. Nací en una vereda  en Norte de Santander, cerca de la frontera con Venezuela. El asesinato de mi madre a sangre fría por cuenta del paramilitarismo cambió el destino de mi familia. Tenía diez años, mi hermana apenas siete. Éramos demasiado pequeños para entender lo que sucedió ese día: Sólo recuerdo que la detuvieron en medio de la intersección peatonal de la vereda, y dispararon. También recuerdo que gritaban a todos, que amenazaban con asesinar al resto si alguien intentaba asistirla en su muerte. Mi papá nos hizo entrar a la casa, pero yo seguía viendo el cuerpo de mi mamá en medio de lo que, ahora entiendo, era su agonía. También miraba a los vecinos embebidos en lágrimas, despidiéndola los más valientes. A mi papá lo perdí de vista, como a todos en ese momento. Mi hermana miraba de reojo y me miraba. Cuando los hombres abandonaron la vereda, los vecinos rompieron en llanto y en insultos, pedían misericordia de Dios, pero la vida de mi mamá ya había sido silenciada. Mi papá no musitó palabra, no nos miró. Recogió el cuerpo ya sin vida de mi madre, lo entró a nuestra casa y lo lanzó sobre la mesa de comedor. A mi hermana y a mí nos hablaban, yo sólo podía mirar a mi padre abrir una botella, y beber. Mi madre les había propuesto a algunas de sus vecinas solicitar protección del Estado, que yo supiera no estaba involucrada a ningún otro grupo insurgente. Sólo quería un lugar donde nosotros pudiéramos estar tranquilos, que no implicara mudarse a Barrancabermeja o a Bucaramanga, donde vivía parte de su familia. Nunca pude esclarecer los hechos en mi cabeza. Mi papá nunca volvió a sonreír salvo con algunos momentos de mi vida profesional, y a fuerza de los años pudimos rescatarlo del alcoholismo. Mi familia de la ciudad nos cobijó, brindó parte de nuestro estudio a mí y a mi hermana. Yo crecí con todas estas imágenes en mi cabeza, odiándolo todo, en peligro inminente de caer, como mi papá, en alguna adicción. No sé cómo pero algo en mí me fortaleció con el paso de los años, quería ver a los míos volver a sonreír, a mí mismo. Me hice abogado investigador de alguna universidad pública*, a donde me llegó el dinero de la llamada “reparación”. Cinco millones para mí y para cada integrante de mi familia. Nada me la devolvió, y sé que ella habita en cada logro que, hoy en día, amaso en mi vida profesional. El odio me lo curo todos los días de mi vida, no es fácil ver morir a la mujer que te dio la vida, y mucho menos en esas condiciones. Cuando alguna injusticia se comete en mi presencia la sangre me hierve, algo en mí vuelve a ese día ahora con la conciencia de lo que pasó. Yo voté por el sí al plebiscito, tengo la esperanza de hacer familia y quiero que mi hijo me vea envejecer sin ser derrotado en mis maneras. No le deseo a nadie esta suerte, no creo que lo mereciera pero sí lo recibí, con el paso de los años, como una condición especial ser un sobreviviente emocional de esta guerra. La victoria no es lo que busco, yo ya perdí, y en esta pérdida tan cruel me hice hombre y me hice bueno. Tan bueno como se pudo, tan noble como quieran señalarlo. A mi hermana la admiro, siempre sonríe: Creo que eso nos mantuvo vivos a mi papá y a mí, es nuestra inspiración y fortaleza. No sé de dónde la sacó, no sé cómo lo hizo pero nunca guardó resentimiento. Nunca. Creo que si ella puede, cualquier colombiano está en la capacidad de entender que el perdón es la única salida, y que la guerra es una excusa para hacernos menos humanos.

¿Qué crees que se viene para Colombia, cuál es tu apuesta a nivel social?

2.

No me considero una mártir, y gracias a Dios pude librarme de serlo. La vida es como uno la asuma, como se prevean los males por venir y las decisiones que se tomen. Creo y esa es la herencia que le dejo a mis hijos, además de la tierra y su educación. Yo le apuesto a los maestros de escuela, sobre todo de las públicas. Ellos tienen una responsabilidad importante, y es que ayudan a los jóvenes en su formación y apoyan el trabajo familiar. Después que la guerra ya termine de acabar, creo que Colombia necesita más educación y el resto comienza andar. Esa es mi opinión.

 

1.

Me entenderás si te digo que, aunque tenga esperanza, mi carrera hace que vea con objetividad el proceso que venimos adelantando. Creo que la implementación de los acuerdos es lo que viene dándole credibilidad internacional a Colombia. Es un proceso lento el cual sólo observo como espectador, ya tuve suficiente. No tengo más apuestas que seguir aportando desde mi carrera a la sociedad. Sin ánimos de líder ni nada de eso. Cada uno construye su realidad, yo sólo trato que la mía esté lejos de más pérdidas, al menos en esas circunstancias, y seguir en mis proyectos personales.